diciembre 31, 2010 | En: Sin categoría
no sé cómo poner imágenes en el logo

El Señor de los Milagros por fin se fue a dormir. Ya no me joderá el tráfico en la calle cuando tenga que ir al centro. Ahora, junto a mi felicidad por el fin de las procesiones, dejo el cuento con el que quedé segundo en los Juegos Florales de la Richi de este año. Fue mi última participación, pues, al terminar la universidad, quedo imposibilitado de volver a concursar.
Los habitantes del pueblo sabían que el infierno no era precisamente el que les pintaba el cura los domingos antes del desayuno. El infierno daba vueltas a su alrededor, los llamaba con música y bailes. El infierno era una costumbre, una forma de vivir. La única forma que les quedaba de vivir. El infierno sonreía en cada rayo del sol, en cada sombra de la luna, en cada gota de lluvia, en cada hoja de árbol. Las paredes de las casas eran de infierno. Las mesas, las sillas, las camas eran de infierno. Comían y bebían infierno. Y creían en una sola cosa: en el infierno. Ellos mismos eran el infierno.
***
Las casas parecían arrastrar el destino de todo un pueblo condenado al sufrimiento. Las fachadas maltratadas y siempre en silencio. Un silencio que consumía la poca vida que daban las personas en los autobuses que de vez en cuando llegaban a hacer una parada en el pueblo para descansar. Rara vez se quedaban ahí más de una o dos horas. A menos que el bus necesite reparación. Y esta era una de esas veces.
El hospedaje a donde llegaron Alberto y Sofía tenía un crucifijo de madera clavado frente a la recepción y apenas cubierto con una manta negra. Cuando Sofía lo vio volteó rápidamente la mirada: las imágenes santas le ocasionaban pesadillas. Esperaron a que llegue el recepcionista. A Alberto le parecía extraño ver esa imagen en un hospedaje. Pensaba que, en vez de llamar a los huéspedes, los ahuyentaría. Pero en verdad mucho no le importaba. El dueño sabrá lo que hace, pensó. No se daba cuenta de la incomodidad de Sofía. A los diez minutos apareció un hombre de unos treinta años con un carácter muy amable, vestido con unos jeans, un polo y una gorra. Los registró en un cuaderno vacío que, supusieron, era nuevo y los llevó a su habitación: un cuarto con cama matrimonial y dos frazadas encima, una mesa de noche y baño propio.
–No funciona el agua caliente –dijo el hombre que los había registrado mientras encendía las luces–. La terma está malograda.
–No se preocupe –respondió Alberto–. Mejor díganos si hay un lugar en donde podamos comer algo y algún sitio en el pueblo donde podamos ir a dar unas vueltas.
–Si desean comer pueden hacerlo en el restaurante de Carmen, acá al frente. Pero no les recomiendo que vayan a pasear por el pueblo. Ya es muy tarde. Mejor lo hacen mañana temprano con más tranquilidad. A esta hora no hay muchas cosas que ver –dijo mientras le entregaba la llave de la habitación a Alberto–. Si necesitan algo, mi nombre es Óscar y estoy para servirles. Buenas noches.
Se despidió con una sonrisa. Sofía, quien no había abierto la boca desde que había bajado del bus que los trajo al pueblo, se dio cuenta que Óscar tenía un diente de oro, que solo se notaba cuando sonreía.
–¿Vamos a comer de una vez? –preguntó Alberto.
Sofía asintió sin decir una palabra. Dejaron su equipaje cerrado, echaron llave a su habitación y se dirigieron al restaurante de Carmen. Alberto aún no se daba cuenta de la incomodidad de Sofía.
***
–Todavía es temprano, podemos ir a dar una vuelta. Tal vez sí encontramos algo interesante. ¿Qué te parece?
Sofía seguía callada. Pensaba en cómo brillaba el diente de Óscar cuando sonreía. Esa extraña luz que parecía servir de guía para algo que no lograba entender. Brilla como el cirio de un sacerdote, pensaba Sofía.
–Vamos de una vez –insistió Alberto–, antes que se haga más tarde.
Alberto pagó la cuenta y ambos se levantaron de la mesa. Caminaron con dirección a la plaza del pueblo.
–¡Mira la luna, Sofía! ¡Está sonriendo!
–Como si estuviera feliz –dijo Sofía con los ojos fijos en el brillo pálido de la luna. Brilla como el cirio de un sacerdote, pensó y volvió a quedarse callada.
El silencio se iba abriendo en un ritmo oscuro y atractivo que ni Alberto ni Sofía habían sentido antes.
–¿Escuchas?
Se podía distinguir el sonido de unos instrumentos y voces llevado por el viento.
–Debe ser una procesión o algo así. Creo que está a la entrada del pueblo. Parece que Óscar no nos supo informar bien. ¿Vamos a ver?
Alberto y Sofía se dirigieron a la entrada del pueblo y encontraron a la procesión que estaba saliendo. A Alberto le pareció extraño que, si bien llevaban puestos trajes típicos de la región, estos eran oscuros, totalmente diferentes a los que se ven en los documentales, donde la gente va vestida de varios colores y se divierte dando saltos y cantando al ritmo alegre de un arpa, trompetas o un bombo. La música que entonaba la banda era, más bien, lúgubre, al igual que las voces que la acompañaban en un dialecto desconocido para ellos. Los danzantes realizaban movimientos lentos, pero con fuerza, estirando los brazos y cayendo contra el suelo, haciendo ademán de tristeza.
La procesión seguía su camino y Alberto y Sofía la miraban parados desde una esquina. Las casas que iban dejando atrás se iban iluminando de un color que parecía fuego mismo.
–Vamos a ver más de cerca –le dijo Alberto a Sofía, agarrándola de la mano y empezando a caminar.
Se mezclaron entre las personas. Veían cómo los danzantes se movían, cómo eran envueltos por la música y atraídos por las voces que parecían llamarlos. En medio de la procesión había un anda cargada por ocho personas, dos a cada extremo. Encima de ella estaba el crucifijo que habían visto en el hospedaje, siempre cubierto con la manta negra. Frente al anda, un hombre vestido como si fuera un sacerdote sostenía un cirio en la mano. Los miró y sonrió. El brillo de su diente de oro se mezclaba con el del cirio y el de la luna pálida, que alumbraba tétricamente a todo el pueblo.
Alberto y Sofía se vieron rodeados de los danzantes, y se fijaron que a unos les faltaban dedos en la mano, a otros pies, uno tenía la mitad del rostro en carne viva y otro estaba casi en los puros huesos. Los músicos tocaban más fuerte mientras todo el grupo era rodeado por una densa neblina. Óscar alzó el cirio hacia el anda y los que la cargaban la dejaron caer. El crucifijo quedó destrozado ante los ojos de Alberto y Sofía, que se agarraban fuertemente el uno de la mano del otro. Óscar se les acercó mientras todos desaparecían tras la neblina.
Lo último que se escuchó en el pueblo fue el grito de Sofía retumbando en los cerros.
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Juan Pablo Bustamante cuento Procesión pueblo narrativa Fuego de Payaso
septiembre 14, 2010 | En: Personal y/o ficción
Creo -aún con dudas al respecto- que ya es hora de dejar atrás al payasito fogoso del blogspot y recomenzarlo en un nuevo sitio. Ya se estaba desvirtuando mucho y se estaba tirando al abandono.
Entonces, este es un hola.
Claro, ese payaso viejo seguirá vivo ‘eternamiente’. Para dispararle pueden regresar al viejo blog por aquí.
Favor de apuntar bien a la cabeza. Gracias.
Nota: De aquí hacia abajo, los posts corresponden a la vida anterior del blog, importados directamente del Blogger.
agosto 1, 2010 | En: Personal y/o ficción, Poesía
Uno se acostumbra a dejar de dormir.
Se acostumbra a la oscuridad de los ronquidos
en las habitaciones vecinas.
Uno se acostumbra a todo en esta vida,
menos a una cosa: a la muerte.
No tu muerte, eso es lo más fácil de aceptar
(después de todo, una vez cerrados los ojos,
ya no hay nada en qué pensar),
sino la muerte de, precisamente,
la gente en las habitaciones vecinas.
Anoche, como ya es obvio, tenía insomnio.
Me levanté de mi cama y di varias vueltas en mi cuarto
sin hacer nada en especial:
no encendí la computadora,
no me acerqué a la ventana,
no agarré ningún libro,
ni siquiera encendí la luz.
En silencio, salí de mi cuarto y revisé el de mis padres.
Mamá veía televisión. Papá estaba durmiendo.
Todo en orden, cambio y fuera.
Regresé a mi habitación y volví a echarme.
Pasaron tres horas en dos segundos y me levanté de nuevo.
Fui otra vez a ver a mis padres.
Mis gritos no inmutaron a mi mamá,
que seguía viendo en la televisión alguna película
con Richard Gere (era él, estoy seguro):
la cama de mi papá había desaparecido y en su lugar
un ataúd alumbrado tenuemente por cuatro velas
(clásica imagen de terror)
lo albergaba en su interior.
En ese momento me di cuenta
que en algún momento de la noche
me había quedado dormido y,
puta madre,
estaba soñando.
Sentí la desesperación en mi cabeza
y me golpeé una y otra y otra vez contra la pared.
Creo que mi mamá nunca se percató de mi presencia.
Corrí desde su cuarto por el pasadizo
gritando y agarrándome con fuerza el rostro
hasta aventarme por la ventana (vivo en un segundo piso)
con la intención más clara que he tenido nunca en mi vida
(ni despierto ni dormido):
estaba completamente seguro que lo único que quería
era estar muerto.
La caída fue rápida.
El golpe no fue tan duro,
aunque el colchón de mi cama ya esté viejo.
Me levanté e intenté encender la luz.
No funcionaba:
había pasado de un sueño a otro.
Me acosté de nuevo e intenté dormir
para que cuando me despierte
(me despierte del todo de una maldita vez)
le diga a papá que él anoche estuvo muerto
y que yo me suicidé.
Y que, por favor, me haga un café con dos de azúcar.
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poesía ataúd sueños Juan Pablo Bustamante Fuego de Payaso
agosto 1, 2010 | En: Personal y/o ficción, Poesía
Anoche me bajé del micro en la cuarenta de la Arequipa
y caminaba tranquilo, bien happy de la vida, rumbo a mi casa.
(Ahora que recuerdo bien, tenía preocupación en el pecho
a la altura del brazo izquierdo).
De repente, cruzando Petit Thouars,
desde una calle que desconocía,
sentí el calor intenso del dolor inevitable:
un carro ardía en llamas
y los brazos de un pobre niño
(pobre,
tenía una bolsa con chocolates
y cicatrices en las manos)
giraban ante mis ojos.
Las luces de las ambulancias empezaron a correr
una tras otra por la Vía Expresa.
Yo, cobarde, corría desesperadamente para llegar a mi casa
cuando de pronto, a media cuadra de otra calle desconocida,
¡bum!, otra explosión
y un hombre con camisa blanca se partía a la mitad,
otra vez ante mis ojos.
Con mucho más miedo, desvié mi camino,
creyendo que así me alejaría de aquel peligro.
Llegué finalmente a la Vía Expresa
para darme cuenta de dos cosas
en las que no había pensado:
la primera era que, al desviarme del camino,
no tenía ningún puente a la mano
para poder llegar al otro lado del río;
la segunda era que, volteara por donde volteara,
interminables carros ardían
como si al infierno se le hubiera ocurrido subir
a ver qué se trae de nuevo el mundo.
Camino cautelosamente,
y desconfiando de todos los carros estacionados,
las cuadras que me faltan para llegar al puente
que me lleva de frente a mi casa.
Lo consigo. Lo cruzo. Llego a mi puerta. Entro.
Encuentro a mi papá, tranquilo,
como si con él no fuera la cosa o la ciudad.
Después de todo, a él nunca le gustó Lima.
Cuando, oh sorpresa, me suelta la peor de las noticias:
mi mamá ha salido, ¿algún recado?
Mi papá se va acostar.
Yo voy a mi cuarto,
que se ha convertido en el centro de operaciones
de no sé qué movimiento al que no sé cómo pertenezco.
Las computadoras rastrean: el enemigo está cerca.
Obvio, microbio: la Vía Expresa, la Arequipa, Angamos,
toda la maldita ciudad está ardiendo
por culpa de esa invasión de coches bomba.
Y yo, angustiado frente a una computadora
que ni los monstruos de IDAT podrían imaginarse,
solo espero que mi enamorada esté segura en su casa
(por una extraña razón, no puedo comunicarme con ella)
y que mi mamá entre en cualquier momento
por la puerta de la casa
y me diga lo que hace rato que ya sé,
que todo esto es un maldito sueño,
que no hay nada de malo en soñar con coches bomba
pero que igual, por si acaso,
le cuentas a alguien de confianza mañana,
a ver qué te dice, y que ya me vaya a dormir
que ya es muy tarde para andar despierto a mi edad.
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poesía coche bomba sueños Juan Pablo Bustamante Fuego de Payaso
abril 18, 2010 | En: Extras

A la inversa del monólogo del ambicioso y sibilino Duque de Gloucester, con esta obra, Contemplación de las estaciones, “ya el verano de nuestro descontento se ha vuelto invierno esplendoroso por este hijo de York”.
Del mismo modo que este malvado fascinante, quien coronado se dio en llamar Ricardo III, y que exhibe complacido una deliciosa y arrogante conciencia de su propia villanía, Juan Pablo Bustamante ha decidido probarnos que también él “aborrece los plácidos placeres de estos días”, que felizmente ya culminan, en esa “tranquilidad en doble función continuada” y que el objeto de su odio es el verano.
Contra él, lo mismo que Ricardo contra su propia familia, nuestro autor urde intrigas, “discrepa de febrero y de su agua intencionada y callejera”, comete traiciones y las denuncia, asesina o ordena asesinatos (“oficialmente declaro / que ante cualquier signo de inocencia / o incoherencia climática / la persona implicada deberá ser ejecutada en el acto / o puesta en mis manos / para limpiar con su sangre / las modestas paredes de mi hogar”), sacrifica a sus íntimos, “prohíbe la entrada al sol”, y ve hacerse hielo su mundo, presa de su propio furor.
Como se sabe, es propósito de todo creador conseguir con su obra la cuadratura del círculo. Ese cometido – aparentemente imposible – lo hemos logrado los escritores, que concebimos poemas, cuentos y novelas circulares en un texto de cuadrilátero formato. En Contemplación de las estaciones, sin embargo, nos desafía un inteligente despliegue de los textos de Bustamante, una inédita variación de ese propósito.
Aparentemente, en su libro nos falta la estación solar por excelencia, el verano. De allí que un lector poco avisado podría decir que Bustamante falló en su propósito. Sin embargo, esto no es verdad. El verano está allí, en el íntimo discurrir de los versos del poeta, como “la silenciosa luz” que “carcome la noche en las mesas”, como una presencia permanente, inquietante y ausente al mismo tiempo, que asfixia con su inexistencia, con su afantasmado quehacer. No está para ser celebrado, sino para ser rechazado.
En efecto, así como el mal omnipresente que nadie nombra, o el dictador al que todos temen y que obedecen incluso mucho después de su muerte, el verano serpentea, reptil, entre los poemas de Bustamante. El comportamiento de la estación estival, para Bustamante, es el de una caprichosa mujer, o, lo que para todos los efectos es lo mismo, una ola: se va, pero (oh desdicha nuestra) siempre vuelve.
De este modo, en sus logrados (y por ende, redondos) textos, Bustamante nos da una nueva idea del texto circular.
Por lo dicho, Contemplación de las estaciones un ajuste de cuentas con el verano. En ese orden de ideas, nuestro autor asume la voz de todos los que no quieren someterse a su tiranía de vestidos breves y pieles tostadas por el sol: “nosotros, los amantes del clima invernal y las ropas oscuras, no le reconocemos mérito a una piel bronceada”.
Es la voz de los que no tienen voz, de esa heroica y aparente minoría que halla en el invierno consuelo, abrigo y, cosa paradójica, un calor que vivifica y cobija. Pero lanza en sus versos una severa advertencia al estío y sus adoradores, como en otro tiempo y por otras causas escribiera el poeta cubano Heberto Padilla su libro Fuera del juego (1968) el maravilloso poema Para escribir en el álbum de un tirano:
“Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres”.
Ahora bien, debemos decir que Contemplación de las estaciones es, sobre todo, un homenaje al invierno como ser total. Sigue así la senda de Jorge Eduardo Eielson, que en su poema Oda al invierno, que forma parte de su libro Reinos (1945) escribiera:
“Respetad al invierno, la antigüedad de sus plantas,
su cetro de rocío en la espesura;
respetad los rostros eternos de los árboles y el viento en su dominio,
cuando cesa todo en torno y él se inclina, carcomido y sonoro,
como un piano en un estanque o como un muerto en una tumba”.
En esa senda fría, Bustamante dice:
“El invierno te da el poder necesario
para traerte abajo los edificios.
Te hace subir a las nubes
y te da la oportunidad de orinarle la boca al sol”.
También sigue al magnífico y torturado poeta galés Dylan Thomas, quien escribe:
“Conocía el mensaje del invierno,
los dardos del granizo y la nieve pueril
y el viento era mi hermana pretendiente;
en mí saltaba el viento, el rocío infernal;
y mis venas fluían con los climas de oriente;
antes que me engendraran supe el día y la noche”
Cuando nuestro poeta nos dice que no quiere sentir la presencia del fuego insoportable del que lo salva el invierno, se transforma así en “el taciturno que llegó de lejos envuelto en lluvia fría y en campanas” del que escribiera el poeta de la casa de Isla Negra. Como él, debe a la muerte pura de la tierra, que es el invierno, la voluntad de sus germinaciones.
Y como Octavio Paz, Bustamante es un saqueador de estaciones, que juega con los meses y los años, asesina crepúsculos para que tiñan con su sangre nubes blancas.
Nos lleva, de esta manera, a un ukase terminante: “nadie puede contra la magna tiranía del invierno. Es la única dictadura que trabaja por la felicidad de su pueblo”. Y como Paz, rapta a la primavera, esa “ramera con cara de virgen” para tenerla en casa, como una bailarina. De otro lado, si el secreto de la felicidad está en vivir lo más alejado posible del sol, entonces el invierno es, al decir de Antonio Cisneros, el aire de Ayacucho, un aire lila y helado.
Finalmente, debo darle a Bustamante un consejo en forma del soneto del poeta checo Reiner María Rilke, II, XIII, de Sonetos a Orfeo.
“Precede a toda despedida como si estuviera
tras de ti, como el invierno que se marcha ahora.
Pues hay entre los inviernos uno tan interminable
que si lo sobrepasas, tu corazón al fin resistirá”.
Y en este homenaje a la estación helada y sin hojas, concluiremos parafraseando el poema sin título del libro Extracción de la piedra de la locura de Alejandra Pizarnik, y de Bustamante diremos “en ti es de invierno. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón del invierno, habla”.
Muchas gracias.
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abril 8, 2010 | En: Personal y/o ficción
Debí haber posteado esto hace tiempo.
SÍNTESIS
Presentación del libro de poemas “CONTEMPLACIÓN DE LAS ESTACIONES” (Paracaídas, 2009) de Juan Pablo Bustamante. COMENTAN: Juan Pablo Mejía (editor), Sonia Luz Carrillo y Héctor Ñaupari. Jueves 8 de abril, 8:30 pm., BAR ZELA, Av. Nicolás de Piérola 961 (Frente a la Plaza San Martín). Ingreso libre.
NOTA DE PRENSA
Transgresor, terrenal, unitario, cotidiano; Juan Pablo Bustamante (Callao, 1988) nos lleva en su mochila a dar un paseo a través de días y estaciones, la percepción de los cambios climáticos es un pretexto para irrumpir en la mente de este joven escritor y su perspectiva sobre a la vida.
Sobre el libro, el escritor español Antón Castro ha dicho: “El libro –de contemplación, de percepción, de apreciación de las estaciones, de arrebato- está hermosamente hilvanado: empieza donde acaba y acaba donde empieza, más allá del hastío, en ese punto ideal de la encrucijada: la clarividencia. Juan Pablo Bustamente debuta con talento y una voz propia y desconcertante: la del hombre que odia el fuego del sol. La del hombre que asocia la esperanza al frío y a la lluvia”.
La presentación del libro se realizará este jueves 8 de abril a las 8:30 pm en el BAR CULTURAL ZELA, Av. Nicolás de Piérola 961 (Frente a la Plaza San Martín).
Los comentarios estarán a cargo de Juan Pablo Mejía (editor), y los poetas Sonia Luz Carrillo y Héctor Ñaupari. Ingreso Libre.
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marzo 20, 2010 | En: Personal y/o ficción
con quien estoy
Con todos tus muertos.
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marzo 16, 2010 | En: Personal y/o ficción
¿Qué te gustaría recibir en tu cumpleaños?
*saca su block para anotar*
En mi cumpleaños sería feliz si recibiera la poesía completa de Pessoa y Éluárd, los cuentos completos de Borges, alguna novela de Kawabata y la obra dramática completa de Fo. También sería feliz si me dieran un bicicleta (que esta vez prometo no vender), otro skate (con una mejor tabla y mejores trucks), un play (aunque sea el primero) y un wii. También sería feliz con una compu nueva (una mac, de preferencia). Recibir los cómics que completan la serie "Crisis en Tierras Infinitas" de la DC en español me haría saltar hasta el techo. Una guitarra eléctrica también. Una cámara de vídeo que grabe en HD me sería muy útil y me emocionaría por varios meses. Una botella de whiskey me alegraría la tarde, una fuente de lasagna me alegraría el día. Descarto cualquier tipo de ropa, porque nunca atinan a mi gusto (salvo una vez que mi madrina me regaló una polera negra con capucha que perdí y nunca terminaré de arrepentirme de haber sido tan huevón).
Pero faltan bastantes meses para mi cumpleaños, así que aún no sé qué quisiera recibir exactamente. Las sorpresas siempre son bienvenidas y alegran mucho más. Como el microscopio que me regaló mi enamorada el año pasado.
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febrero 4, 2010 | En: Personal y/o ficción
¿Que opinas de Julio Cortazar y Julio Ramon Riveyro? ¿entre los dos que narrativa prefieres y porqué?
Ambos son narradores extraordinarios. La riqueza del retrato social que hace Ribeyro es, creo yo, incomparable con cualquier otro autor en la literatura peruana. No se compara ni siquiera, sigo creyendo yo, con Vallejo o algún indigenista.
Pero prefiero mucho más el juego con las palabras y las imágenes que hace Cortázar. La fantasía (finamente distanciada de lo real maravilloso que hace García Márquez) me parece un terreno más difícil de abordar.
Con Ribeyro, y su muy buen estilo de narrar, puedes esperar que ocurran ciertas cosas. Con Cortázar, como alguna vez recuerdo que dijo Vargas Llosa, no sabes con qué te va a sorprender al voltear la página.
Ambos me gustan, pero si he de elegir entre Ribeyro y Cortázar, elijo a Cortázar.
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